Al día siguiente te levantas y recuerdas que tienes objetos fuera de lugar con los que te puedes golpear nuevamente, así que los evitas en tu paso hacia el baño. Tu mente está puesta en lo que sucedió el día anterior, por lo que realizas las cosas con más cuidado. Sales hacia el trabajo. Ves en la calle al mismo vehículo con el que el día anterior estuviste a punto de colisionar, por lo que recuerdas lo sucedido en ese día. Te molestas al traer a tu mente algunos comentarios de tus compañeros, por lo que llegas a tu trabajo pensando en desquitarte. Ahora es a otro a quien se le derrama el café en su escritorio, por lo que se mojan unos formatos que habrá que llenar de nuevo. Comienzan nuevamente los intercambios de improperios. Se repiten los reclamos, ahora más enérgicos por la reincidencia. Y así al día siguiente, y al otro. La gente tiene miedo, que deriva en ira y falta de foco.

Esa misma cadena de errores, desatenciones y fallas similar es la que hemos visto en los jugadores de Santos Laguna en los pasados partidos. ¿Partidos? ¡Torneos! La derrota se volvió un patrón de comportamiento. Los involucrados se acostumbraron. 

Viernes 30 de enero. Derrota horrible en la Ciudad Universitaria de la Ciudad de México. Prácticamente sin meter las manos. El equipo del pedregal, dicho en el lenguaje del dominó, les repitió la ficha mientras que los laguneros se ahorcaban las mulas entre sí, para que se le dibujara en la hoja de anotaciones un zapatote.

Una semana después, ahora en la Ciudad Universitaria de Monterrey, parecía tener mejoría. Tan fue así que el equipo se fue arriba en el marcador. Ahora, a defender. Y aparecieron los fantasmas en su mente. Poco les duró el gusto. La escuadra neoleonesa logró la igualada y la remontada. Bloqueos, errores repetidos que resultaron en una nueva goleada en contra. 

Se mostró reacción mediante un comunicado con una redacción distinta a las anteriores. No se leía proveniente de un oficinista gris que ostenta puesto de nombre rimbombante. Se notaba la mano del principal tomador de decisiones quien, subrepticiamente, anunciaba su vuelta al escenario, la cual se hizo visible el pasado domingo, donde presenció desde el palco cómo ante el equipo sotanero en la tabla de cocientes volvieron los espectros ya habituales.

«Al ojo del amo engorda el caballo», dice atinadamente el refrán mexicano. El amo regresó y vio a la caballada no flaca, ¡famélica! Apelar a la “continuidad” no era opción. ¿Continuidad en la mediocridad e indolencia? Sería suicida. Fue necesaria la sacudida, la cachetada guajolotera. Quien regresa fortalecido tras haber triunfado en las recientes batallas personales libradas, de ninguna manera toleraría que la derrota del club de su propiedad fuera ya parte del estilo de vida de sus subordinados.

“Hemos enfrentado a nivel corporativo grandes retos, batallas y problemas, y hemos tenido que dedicar mucha de nuestra energía y tiempo a enfrentarlos. No ha sido un proceso fácil ni en lo profesional, ni en lo personal ni en lo familiar. Lo anterior me distrajo de entender lo que en el seno de esta organización estaba sucediendo”, declaró Alejandro el martes ante prensa presencial y público conectado remotamente. 

Diagnosticó acertadamente lo que quienes vivimos y sufrimos el partido a partido sabemos que sucede en el club: “Esta pérdida de identidad sucede desde hace siete torneos. Donde deja de haber una conexión y una representación de lo que aquí tenemos que hacer”.

Ofreció inocular nuevamente el ADN lagunero en las células del club. “Este equipo necesita que la gente que está aquí, dentro y fuera de la cancha, entienda y represente lo que aquí se vive todos los días. Es cuando yo he visto a este equipo ganar”.

El diagnóstico es correcto. La sacudida en las estructuras era urgente e imprescindible. Sin embargo, más allá de lo discursivo y del tirón de orejas que seguramente se dio a todos y cada uno de quienes laboran en el club, deberá trabajarse en lo más importante. Cambiar el patrón de comportamiento, llevar a un profesional a reprogramar la mente de quienes logran los resultados en la cancha. Convencerlos de que el golpe en el pie, la herida al afeitarse, la situación en el tránsito y en la cafetera están superadas, y olvidar esos malos momentos. Concentrarse y confiar en que en muchísimas ocasiones anteriores han realizado su trabajo exitosa y excelentemente. 

Caso contrario, parecerá que lo declarado en la semana fueron meras palabras.

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