El lanzamiento del programa «Boxeo por la Paz» por parte del Gobierno Federal es una apuesta de alto impacto emocional, pero de preocupante fragilidad técnica. La premisa es seductora, convertir a 5 mil boxeadores en instructores para alejar a cien mil jóvenes de la violencia. Sin embargo, al analizar la letra chiquita, lo que emerge es un programa de bienestar disfrazado de política deportiva que, en su diseño actual, carece de la musculatura institucional para transformar la realidad social de fondo.
EL ESPEJO DE LAS «GLORIAS DEL DEPORTE»
Este modelo de «ídolos como tutores» no es un experimento nuevo; su antecedente reciente es «Glorias del Deporte», del sexenio de Enrique Peña Nieto. En aquel entonces la apuesta fue el futbol: se reclutó a figuras mediáticas como imagen, mientras exfutbolistas de perfil bajo dirigían las actividades en campo. Aunque el programa fue un éxito mediático inicial, su destino fue el olvido burocrático. Tras poco más de cuatro años de operación, el proyecto desapareció dejando un rastro de opacidad. Un gasto federal de entre 80 y 110 MDP anuales, nulas evaluaciones de impacto y serias dificultades para comprobar el destino de los recursos.
Al igual que hoy se cuestiona la capacidad pedagógica del púgil, en aquel entonces se confió en que el carisma del deportista bastaría para revertir un tejido social deshecho. El resultado fue una política de relumbrón que, al carecer de una base institucional sólida, se desinfló tan pronto como llegaron los recortes presupuestales. «Glorias del Deporte» demostró que el ídolo es un excelente gancho, pero un sustituto insuficiente para una verdadera política de Estado.
Si «Box por la Paz» no aprende de esa orfandad técnica, está condenado a repetir la historia, ser un fogonazo de esperanza que se apaga cuando se termina el presupuesto de la voluntad política.
ENTRE EL CARISMA Y LA CARENCIA ESTRUCTURAL
El error de origen radica en la confusión pedagógica. Saber lanzar un jab no faculta a nadie para enseñar, supervisar o guiar procesos humanos complejos en zonas de vulnerabilidad. Al entregar la responsabilidad de «tutores» a púgiles jóvenes —muchos de ellos sin formación docente—, el Estado ignora décadas de profesionalización en la Educación Física. Resulta paradójico que, teniendo a miles de licenciados y metodólogos subempleados, se les excluya de un proyecto que requiere, por definición, una guía metodológica rigurosa. El boxeador tiene el carisma y el respeto del barrio, pero el educador tiene la ciencia para evitar que el esfuerzo termine en lesiones físicas o frustraciones emocionales.
Para que este round no se pierda por decisión unánime, la CONADE no puede seguir como espectadora. Es urgente que el organismo rector abandone la pasividad y articule una estructura de largo aliento. No basta con el subsidio de «Jóvenes Construyendo el Futuro», se requiere un staff multidisciplinario permanente.
LA PAZ NO SE CONSTRUYE REPARTIENDO GUANTES
Una verdadera política pública deportiva debe conectar este esfuerzo con el alto rendimiento. Si el programa no contempla un proceso selectivo articulado con las competencias nacionales y los institutos del deporte, será un callejón sin salida. La paz no se construye solo repartiendo guantes; se edifica creando trayectorias de vida. México necesita que este proyecto sea el primer peldaño de una pirámide competitiva, no un simple paliativo económico que se desvanezca al final del sexenio. El «gancho al hígado» a la delincuencia solo será efectivo si detrás de cada golpe hay una estructura técnica, una pedagogía de paz y una visión de Estado que entienda que el deporte es un factor protector cuando brinda movilidad y cohesión social real.
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