La participación mexicana en Milán-Cortina 2026 reabre un debate cíclico y, a menudo, superficial sobre la naturaleza del éxito. Mientras Regina Martínez y Sarah Schleper cruzan la meta en las posiciones 108 y 26, la distancia frente a las potencias se percibe insalvable. Sin embargo, el análisis no debe quedarse en el cronómetro; el eco que engaña en redes sociales oscila entre el aplauso al «heroísmo» romántico y la crítica mordaz que reduce estas hazañas a un simple «turismo deportivo».
Estas posiciones son, en realidad, un crudo retrato del deporte nacional. En México, el alto rendimiento no es producto de una maquinaria institucional, sino una suma de voluntades individuales: atletas, familias y entrenadores que sostienen el talento con disciplina y recursos propios.
LA CARENCIA ES ESTRUCTURAL
El país carece de una arquitectura deportiva que conecte el deporte masivo con la élite. No existe un ecosistema que integre tecnología de materiales, instalaciones de vanguardia ni circuitos de competencia que forjen la maestría deportiva, un proceso que es, por definición, lento y riguroso antes de aspirar a cualquier podio. A esto se suma la alarmante ausencia de una cultura física; en una nación con altos índices de obesidad y sedentarismo, la formación de memoria muscular desde la infancia es una utopía, lo que oscurece aún más el horizonte competitivo.
¿TRIUNFO DEL ESPÍRITU O FRACASO DEL SISTEMA?
Por ello, la delegación en Milán-Cortina merece un doble reconocimiento. Cada atleta es una historia de éxito que ha vencido la inercia de un sistema deficiente para alcanzar el sueño olímpico.
Los detractores, obnubilados desde la comodidad del sillón, parecen haber comprado el mito del triunfo inmediato y sin esfuerzo. Para ellos, la lógica es simplista: levantar la copa es éxito; no subir al podio es fracaso. Pero en la nieve, como en la vida, vencer la adversidad de un país sin pistas y sin estructura ya es, en sí mismo, una victoria monumental.
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