Junto con mi padre y los tíos, una asidua asistente a las gradas tanto del parque San Isidro, como del estadio Moctezuma, era la tía Mague. Margarita Wong Martínez, su nombre. Esposa de mi tío Juanito, hermano de mi padre. Tras la comida dominical en casa de los abuelos, era normal que nos fuéramos juntos a los partidos mi padre, mis tíos, mi madre –en las ocasiones en que asistía– y yo.

Tras la partida de Laguna, en las ocasiones que visitábamos a los tíos, ellos estaban pendientes del partido transmitido en la televisión. Me gustaba sentarme a ver el futbol a su lado: la tía Mague, apasionada, gritaba o mentaba madres en función del desempeño del equipo favorito en el partido en cuestión; el tío Juanito, contrapunteando para engallar a la tía. Frente a su casa vivía mi abuela paterna, en casa de la tía Nena. Cuando acompañaba a mi padre a ver a su mamá, si me daba cuenta que había movimiento en casa de la tía Mague, me cruzaba a saludar. Contaba ella muy buenos chistes, aunque, para poder comenzar el intercambio de chascarrillos, debía estar presente mi prima Maguita, su hija. La utilidad de su presencia radicaba en que, la tía comenzaba a contar un chiste, mismo que no podía terminar porque le ganaba la risa. Ahí es donde entraba mi prima al quite, para terminar la historia. Asimismo, cuando yo traía un chiste digno de contarles, me aseguraba de que estuvieran ambas. Así, cuando la tía lo contara posteriormente a otras personas, pudiera de la misma manera terminarlo mi prima.

Un domingo del año 1991, en la tribuna de sombra norte del estadio Corona, encontré lugar en la parte intermedia, esto es, entre el pasillo de la parte baja y el pasillo superior, que solamente existía en la parte occidental del estadio, cerca de donde algunas gradas remataban en el muro, a la altura del banderín de corner cercano. Unos cuantos minutos de comenzar el partido ante Necaxa, observé a una persona que hizo que, inevitablemente, lo volteara a ver. Se ubicaba seis o siete gradas delante de donde me senté, aunque más cargado hacia el centro de la cancha. Mi reacción fue de sorpresa: “¿Qué hace aquí mi papá?”, me pregunté. Lo veía entre la espalda y de perfil, y veía el cuerpo, peinado, cruzado de brazos de mi papá. Además vestía una camisa que mi papá vestía muy seguido. Era una camisa tipo chazarilla, color gris con delgadas franjas de colores. Tenía mi padre varios años con esa camisa, misma que gustaba vestir en tiempo de calor. Al verlo, me asaltaba la duda. “Me vine al estadio y mi papá estaba en la casa viendo la tele. No recuerdo que trajera esa camisa puesta… ¿quién chingados se lo habrá traido? Porque no dijo nada acerca de venir al estadio… si no es, pues qué casualidad tan grande”.

Salí de mi duda en los primeros minutos del encuentro. Estadio lleno. Santos Laguna, colero general en aquel torneo, requería el triunfo para acercarse al resto de los equipos de la parte baja, para mantener esperanzas de permanencia en el máximo circuito. La afición metida en el partido. Ramón Ramírez envió pase a profundidad para el hondureño Eugenio Dolmo, quien imprimió velocidad para recibir el balón junto a la línea de banda que teníamos cercana, dejando atrás a su marcador, lo que hizo a la tribuna emocionarse… hasta que el juez de línea levantó su bandera marcando fuera del lugar del extremo santista. Lo anterior causó que la concurrencia se pusiera de pie, a la vez que profería chiflidos y una serie de recuerdos maternales hacia el cuerpo arbitral. Unos segundos después, tras desfogar el enojo, todos volvimos a sentarnos… a excepción de una persona: una señora que continuaba gritando y dedicándole un sabroso corte de manga al nazareno, lo que transformó la indignación en risa, en quienes se encontraban cercanos a aquella señora a quien, viéndola de pie, reconocí al instante… ¡era la tía Mague!

En ese momento se despejó la incógnita al recordar que, en semanas anteriores, mi padre había renovado su guardarropa y había regalado aquella chazarilla, que se conservaba en muy buen estado, a mi tío Juanito.

El resto del partido se fue en sufrir con las emociones del encuentro, que finalmente fue ganado por Santos Laguna, por la mínima diferencia, y cotorreármela en cada ocasión que, al ver el campo de juego, me quedaba en medio la imagen de la tía Mague gritando y gesticulando, mientras el tío Juanito esbozaba una sonrisa.

En una ocasión, al llegar mi prima a visitarla, escuchó sonido de narración de un partido de futbol, así como los gritos de la tía Mague. Extrañada, preguntó: 

–¿Pues qué traes, mamá?

–Pues estos pendejos, ya ni la chingan. Ya van perdiendo otra vez, y haciendo las mismas idioteces que en el partido pasado…

Mi prima se asomó para ver el televisor, para reconvenir a la tía:

–Aaande, mamá. ¡Estás viendo la repetición del juego de ayer!

–Aaaah…. ¡Pos con razón! Ya se me hacía raro que la estuvieran cajeteando igual… y yo igual de enojada.

Más adelante, sin tapujos la tía contaba su anécdota, seguida de una sonora carcajada.

Ayer, la tía Mague partió de este mundo. Vaya este pequeño homenaje a una aficionada muy divertida y apasionada.

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