LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

La fiesta de los toros es una de las expresiones más auténticas del arte. El torero es artista y como tal su expresión consiste en “desnudar” su alma ante un toro que le puede matar o encumbrar frente a miles de personas ávidas de emocionarse con su tauromaquia, que desean conectar su alma con la del torero y vibrar con la inexplicable e inigualable magia que se genera cuando esto sucede en una plaza de toros.

El pasado domingo 12, día de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de nuestro país, en La Plaza México vivimos con fervor nuestras tradiciones. Ha sido una tarde inolvidable para las más de treinta mil personas que asistieron y dieron vida a una pasión. En punto de las 4:30 de la tarde, la Banda de la Policía ingresó al ruedo, que estaba bellamente intervenido por la artista potosina Isabel Garfias; de manera solemne una escolta se colocó para que juntos, tras el paseíllo, rindiéramos honores a la bandera. Bella estampa, cívica, religiosa y torera. A capela las treinta mil almas entonamos el Himno Nacional. Piel “chinita”, orgullo de lo que somos y debemos seguir siendo.

Afuera 14 acarreados antitaurinos. No vi al diputado Jesús Sesma. ¿Falta de valor? Dejaste ir una oportunidad de oro diputado para acercarte a los mexicanos que estamos orgullosos de lo que somos. Nadie te hubiera agredido, simplemente te hubieran dicho un par de verdades sobre tu trayectoria, la de tu aberrante partido y el intento prohibicionista que enarbolas. Era de esperarse.

Ocho toros para cuatro toreros. Antonio Ferrera y Morante de la Puebla el año entrante cumplen sus bodas de plata como matadores de toros. Diego Silveti y, el hasta ese momento novillero, Diego San Román completaron el cartel. Cuatro toros de Fernando de la Mora y cuatro de Bernaldo de Quirós.

Como es costumbre hubo de todo. Momentos de emoción desbordante, pasión arrebatada y clímax emocional. También hubo ratos de poca emoción, cuando el toro se para, el toreo se desvanece.

Tenemos ya nuevo matador de toros: Diego San Román, queretano que ayer cumplió un sueño y lo hizo con categoría y torería. Desde sus inicios como novillero la valentía fue su bandera. Durante la evolución natural de la profesión, es Diego un torero que torea con calidad y rotundidad. Su tauromaquia está cimbrada en un gran valor, mismo que utiliza para torear bien, con clasicismo y buen gusto. El valor es el fundamento del toreo y Diego tiene mucho. A su primero de no fallar con el descabello le hubiese cortado una oreja con fuerza.

Al octavo de la noche, lo toreó con gusto. Además cuando el toro se paró, se pegó un arrimón de torero bueno. Pisó terrenos que pocos pueden, emocionó y gustó. Estocada y oreja de gran peso que da inicio a una carrera prometedora.

Antonio Ferrera es un artista de gran valor escénico. Me refiero al valor que tiene para un artista el proponer bajo los principios y cimientos de la tauromaquia, formas y motivos distintos para alcanzar la simbiosis emocional que carga el toreo. Ante un buen toro de Bernaldo de Quirós, el maestro Ferrera ofreció la lidia integral. Lanceó al toro con verónicas ajustadas, de mano alta, a la antigua, conectando desde ese momento las almas del público con la suya. La magia fue in crescendo, Ferrera detuvo a los piqueros al abrirse la puerta de caballos. Se montó y colocó al caballo, pidió que el toro se colocara de lejos y chorreó la vara con arte, dejando un puyazo que cayó trasero. Desmontó y realizó un quite por chicuelinas. Tomó los palos y cuajó tres pares de banderillas con su personal estilo. La plaza loca, eso era un volcán. Con la muleta planteó una faena inteligente, sin dejar que la intensidad bajara y logrando momentos de gran expresión taurina. Aquello además de lo taurino se convirtió en una comunión emocional pocas veces vista. Se perfiló con la espada de lejos, ocho o diez metros, comenzó a andar, entregando su pecho al toro que con nobleza se arrancó y en viril encuentro se consumó la obra. Espadazo entero, apenas desprendido. El toro rodó, la gente estalló en júbilo. Dos orejas. El público, corazón de esta Fiesta, exigió el rabo. Protagonismo y falta de sensibilidad taurina, el juez Braun lo negó. Dos vueltas al ruedo en son de triunfo.

Mientras tanto, una minoría “exigente” echaba bilis, confundir el “saber” con el vivir les causa confusión.

Me pregunto, ¿si aquellos aficionados tendrán que vivir sólo del recuerdo?, que el presente los rebase y que sólo lo logren comprender cuando sea recuerdo.

El maestro Morante de la Puebla, genio de nuestro tiempo, no tuvo opciones en sus toros, sin embargo regaló detalles exquisitos, pero sólo detalles.

Diego Silveti es hoy un torero cuajado. Hombre maduro, artista en plenitud de desarrollo. Tuvo en su primero el toro más bravo de la tarde. Un serio ejemplar de Fernando de la Mora. Un gran toro con el que estuvo a la altura. Con alegría el astado se arrancaba de largo, con poder y transmisión. Diego, desde el quite por gaoneras, le planteó pelea. Quieto el hombre, vivo el toreo en los vuelos del capote que prendía la embestida del toro y juntos elevaban las pulsaciones en la plaza.

El inicio de faena con un péndulo perfecto, provocó uno de los olés más rotundos que he escuchado en esta plaza durante los 45 años que llevo gozando como aficionado.

La transmisión del toro en la embestida, la quietud y entrega de Silveti crearon emociones de alto nivel y buen toreo. Bravura, clase y verdad. La gente reencontró al Diego que admiran. Diego reencontró a su gente y lo mejor está por venir. Estocada recibiendo y el corte de una oreja de peso taurino.

Gran cierre de año en la capital, nos frotamos ya las manos para el 2022, mientras tanto la provincia mantendrá viva nuestra pasión.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.