Durante esa época oscura en la que no teníamos futbol ni beisbol profesional fue cuando emergió el fenómeno Valente Arellano. Eran épocas en las que lo más común era ser aficionado a los toros, en las que en cualquier reunión se podía platicar sobre temas relacionados con la Fiesta Brava sin que ninguna persona se sintiera ofendida, ni mucho menos quisiera censurar a sus interlocutores autoadjudicándose una hipócrita superioridad moral. 

Era común que se transmitieran festejos taurinos en televisión abierta, las voces opositoras a la tauromaquia eran casi imperceptibles. La sociedad mexicana vivía en paz y si bien, ya había sectores hipócritas dentro de ella, la oposición a la tauromaquia estaba muy lejos de ponerse de moda. Se hablaba de la “Sociedad Protectora de Animales” como un organismo muy lejano, totalmente anglosajón, muy ajeno a nuestra sociedad. 

En ese contexto, en televisión presencié aquella encerrona de Manolo Martínez con seis toros de diversas ganaderías en la Plaza de Toros México. El mismo Manolo anunciaba en televisión la tarjeta American Express, mientras que la imagen de Mariano Ramos aparecía en un anuncio de calzado: botas Siete Leguas; Curro Rivera actuaba en la televisión esporádicamente. El torero era ídolo. Cada aficionado tenía su torero favorito. 

Bajo este escenario apareció un muchacho arrojado y lleno de condiciones de nombre Valente Arellano Salum, quien provocaba el cotarro en cada plaza en la que se presentaba. Quienes en aquel entonces seguíamos el curso de la Fiesta Brava solamente por la prensa, saltábamos de gusto al escuchar o leer cómo se gestaba un ídolo de la afición taurina; y más porque ese nuevo ídolo era nuestro coterráneo.

Debido a que siempre tuvimos mis vecinos y yo la buena costumbre de devorar los periódicos del día – en casa leía los diarios locales, primero “La Opinión” y después, cuando mi padre cambió sus suscripción, “El Siglo de Torreón”; mientras que con mis vecinos podía leer “Esto” y “Excélsior”, ya que diariamente, a eso del mediodía, les dejaban un ejemplar en su puerta – de modo que nos manteníamos bien enterados de todo el acontecer deportivo. De esta manera seguíamos, entre otras, la ascendente carrera de Valente Arellano. Cuando el lagunero se presentaba en la plaza México, estábamos al pendiente. Normalmente, al terminar la sección del futbol mexicano en el programa deportivo dominical “Deportv”, apagábamos la televisión y volvíamos a la calle a jugar; en ocasiones sí nos quedábamos a ver el colofón del programa, que era el resumen taurino, y más si sabíamos que Valente había toreado ese día en el coso de Insurgentes. Recuerdo cuando se anunció que, como novillero, alternaría en la México con los dos novilleros con quien tenía mayor rivalidad: Ernesto Belmont y Manolo Mejía, nos enteramos que los boletos se habían agotado con días de anticipación. Vimos cómo el de Gómez Palacio había salido triunfador en aquella tarde. El triunfo le sonreía. Yo soñaba con juntar dinero para poder asistir, así fuera solo, como normalmente lo hacía al estadio Corona, a presenciar un festejo en el que Valente toreara.

Por la prensa me enteré que el lagunero tomaría su alternativa en la plaza de toros de Monterrey, en el mes de junio, cuando yo estaba a punto de egresar de la primaria. Durante las vacaciones, leía en los periódicos que Valente seguía cosechando triunfos, ahora como matador de toros. Dos meses después, en agosto de 1984, me enteré que el ídolo de La Laguna torearía en un festival en el lienzo charro del Kilómetro 11-40, en Gómez, junto a su padre, su apoderado y el matador Alfonso Ramírez “Calesero”. Al ver los precios de los boletos, dejé de pensar en ir a dicho festejo, tendría que pedir prestado y, además, acudir solo, dado que mis amigos no hubieran querido ir. 

El sábado 4 de agosto de 1984, fecha en la que se encontraba programado el festejo, me desperté temprano, ya que teníamos programado partido de futbol en el Campestre Torreón. Antes de salir de casa, abrí el periódico para dar una hojeada rápida, en primera plana estaba la nota que detallaba el accidente que Valente Arellano había sufrido tras chocar su motocicleta. Me invadió la tristeza. El camino desde mi casa hasta la cancha se me hizo eterno. A pesar de que Santos Laguna ya me había dado la primera alegría al haber logrado el ascenso a la Segunda División “A”, tenía la ilusión de que un oriundo de la Comarca Lagunera se convirtiera en el mandón de la torería mexicana. A pesar de que nunca vi torear a Valente en la plaza, me sentía cercano a él. En mi imaginación estaba cada lance, cada estocada, cada gesta heroica que la prensa me narraba. Al ver las escenas de sus triunfos en la plaza México, así como los resúmenes que se transmitían en los canales locales, me emocionaba. Todo ese gozo se fue al pozo. Al llegar a la cancha del Campestre, mientras me calzaba los tachones, vi que el padre de uno de mis compañeros de equipo abría un ejemplar del mismo periódico que yo había leído una hora antes; en aquel ejemplar la primera plana era idéntica a la que ya había visto yo, excepto que, en la parte en la que yo había leído acerca del deceso del matador, venía una nota relativa al festejo que estaba por realizarse aquella tarde en el lienzo charro. Lo anterior se lo comenté a Javier, uno de mis coequiperos, y él no me creyó. Le dije que yo qué quisiera que aquel suceso no fuera cierto. Más tarde llegó el entrenador con su ejemplar del periódico, uno idéntico al que yo había leído. Le arrebaté y lo mostré para que me creyera:

—Mira, pinche Javier: no estoy jodiendo. Tristemente es neta, ¡estoy que me lleva la chingada!

Al leer la nota, Javier también se entristeció y me dijo:

—Ojalá la llegue a librar. Aunque de un madrazo de ese tamaño no creo que se salve.

Me confesó que en su casa tenían boletos para asistir al festival a realizarse por la tarde. Después de lo acontecido, seguramente el festival taurino quedaría cancelado.

En eso, iban llegando otro jugador de nuestro equipo y su padre. Éste último escuchó nuestra conversación. Nos interrumpió para informarnos:

—Chavos: ahorita que veníamos para acá, en la radio confirmaron que Valente ya murió.

Al terminar aquel partido, que perdimos, Javier y yo recibimos tremenda regañiza por parte de nuestro entrenador:

—Par de cabrones, se la pasaron en la pendeja todo el juego. ¿Tan chavillos y ya pensando en viejas? ¿O qué les pasa? Si no los saqué es porque apenas nos completamos.

Apechugamos el regaño sin responder nada. Javier y yo sabíamos que nuestra mente no estaba puesta en fémina alguna, sino en una pérdida que no pudo hallar consuelo siquiera en el placer de patear el balón. A mediodía, el canal de televisión local de mayor audiencia interrumpió su programación habitual para transmitir desde el Oratorio Santa Emilia, localizado en la agencia funeraria de Avenida Juárez y Calle La Opinión, todo lo relativo a los funerales de quien en pocos años nos hizo ilusionarnos tanto, a los laguneros y a la afición taurina en general.

Son 36 años sin Valente, quien sigue en la memoria de la afición taurina mexicana tan vigente como siempre. En pocos años, en su mayoría como novillero, logró trascender.

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