AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Hoy en día, cuando la realidad ha superado la ficción, caemos en la tendencia de extrañar “la vida de antes” con todos sus detalles comunes, hasta los más mínimos, porque hoy se descompone la economía, se aceleran los temores y las dudas e incluso podemos calcular, un día antes, las cantidades de contagiados y muertos que veremos en las noticias del día siguiente.

Somos, ahora mismo, como quien tiene pocas pertenencias y se aferra a ellas con fuerza, por la simple necesidad de supervivencia y en la recreación del mundo simple de pronto aparecen pequeñas alegrías, sentimientos y temores que distraen la rutina mental. Somos deseosos de certezas a la mano y conforme van pasando los días, uno asiente que la realidad supera la ficción.

Es el hecho de que tal vez turbados por tanto encierro, uno lamenta no haber hecho algunas compras, como varios tintos riojanos o algún cognac, porque bebemos café muy solo, sin embargo uno aprende a saborear también el placer de la espera y solo es cuestión de concentración y tal vez un repaso por la figura de Kendall Jenner para activar la máquina del recuerdo sin censores.

Es interesante confrontarse entre imaginaciones y recuerdos, entre continuar la vida real a esa vida paralela, muy variada, interesante y atractiva, incluso utilizado el recurso como un atenuante de la situación, donde vivimos como rodeados de vampiros o agentes de la Gestapo y sin futbol, así que debemos situar el asunto con simples dados, que nos llevan directamente a España 1982.

Brasil era un deleite con su medio campo de ensueño. Cerezo, Falcao, Zico, Sócrates. Cuatro estetas del juego. Cabeza levantada, vista de lince, toque maravilla, técnica especial, como bailarines que se juntan con su pareja al llegar la pelota, gente para un dibujo y en su mejor versión. Los goles de Zico son inolvidables, como igual los yerros defensivos en Barcelona para caer ante Italia 3-2 con Rossi como un demonio del área. Ese equipo amarillo era el futbol mismo.

O los franceses en la batalla épica en Sevilla, maravilla de ciudad, con Alemania, en dúo con Gerardo Peña, hoy en desgracia, en el micrófono. Estaban Tigana, Giresse, con Platini, que era el cerebro circundante, provisto de radares especiales, con osadía, determinación y futbol de lujo. Los germanos, máquina de voluntad, especializados en batallas, se exigieron en 120 minutos de juego y los penales. Un show inolvidable en el Sánchez Pizjuán. Después cena, tablao y vinos con todo el grupo de Televisa en hermoso lugar a la orilla del Guadalquivir, hasta que el nuevo día nos saludó, porque también hay que decir que el futbol es una esclavitud y exige sacrificios.

Disfrutaba ese grupo con los monólogos de Fernando Marcos en el O´Donell, el hotel en Madrid, a quien los compañeros llamaban “Central camionera”. El viejo periodista bebía cognac, tomaba café y fumaba habanos. Hablaba con el sabor de la experiencia y el oro del conocimiento. Era ojos que trasmiten y luz que alienta. Su voz tenía la verdad con la estética de la ficción y todos aprendimos. Hoy, con el futuro en pausa solo queremos ser indemnes de nosotros mismos.

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