Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Prácticamente en el ecuador de la Feria de San Isidro, en la Plaza de Toros de Las Ventas de Madrid, hemos podido vivir tardes realmente épicas, con gestas de hombres que atañen a la heroicidad de otras épocas de la humanidad. El toreo mantiene vigente la posibilidad para hombres y mujeres —digamos ‘comunes’, como usted y como yo— de admirar a los toreros, seres llamados a la vocación más profunda y difícil de este mundo: poner la vida y el alma como ofrenda para la creación artística ante un toro bravo.

Dicho lo anterior, intento poner en justa dimensión lo que significa torear. La sangre es moneda de cambio en el camino de los toreros, el sacrificio de vida, el vivir en su mundo, ajenos muchas veces a la desgastante y cada vez más decepcionante involución social. Se mueven en un universo bajo estrictas normas de respeto a la jerarquía, tanto en forma ascendente como descendente —aquí la solidez de esta estructura—, valorando añejas (que no caducas) normas de convivencia basadas en tradiciones centenarias.

Lo anterior es con el objetivo de manifestar por qué nunca estoy de acuerdo cuando el público increpa de forma irrespetuosa lo que en el ruedo acontece. Creer que se sabe más que el torero, que el ganadero y quien inventó el toreo, es ridículo. Esto no elimina el derecho del público a expresarse y, sobre todo, a disfrutar de una tarde toros, que nunca pero nunca es un examen de conocimiento, sino una explosión de emociones.

Las Ventas de Madrid es la plaza con mayor peso en el mundo de los toros; lo que sucede en el ruedo venteño marca incluso la historia y devenir del toreo. Sin embargo, cuenta con algunos personajes que se arremolinan en el famoso Tendido 7. Para muchos, este grupo de elementos “mantiene el rigor de Las Ventas”, lo que en lo personal me causa risa.

El rigor del toreo lo mantiene un toro bravo y un torero dispuesto a morir por dominarlo y crear arte. Cuando eso sucede, todos estamos de acuerdo; incluso la rotundidad de los hechos calla a este grupo de inseguros aficionados que gustan de vociferar, darse a notar logrando no otra cosa que fastidiar al resto de los asistentes y, en la mayoría de los casos, terminar por hacer el ridículo. Lo grave no es que vean el toreo de una forma —cada quien aprecia y entiende el toreo a su manera— o crean que para torear sólo vale colocarse donde a ellos les dijeron que el torero debe hacerlo, dónde, cómo y cuándo citar, sólo creen saber ver un toro, el que ellos creen que es bravo (muy válido), pero lejos, muy lejos están de entender la plenitud y múltiples matices de la bravura y el toreo. Esto último no sería grave si lo hicieran en silencio, sin el intento de boicotear a toreros y ganaderos que no se ajustan a sus gustos. El tema no es su concepto: son sus formas.

Viene a colación la pasada reflexión, porque ha sido una gran Feria de San Isidro; van cinco Puertas Grandes, y el que en Madrid se triunfe, a ellos les puede. Hemos vivido tardes y faenas épicas.

Manuel Escribano, sevillano, buen torero de toros bravos, se jugó la vida con verdad, toreando con pureza. Él estuvo siendo increpado por este molesto grupo; el toro le pegó tremenda cornada. Lo grave no es la cornada, ese es el precio del toreo; lo detestable es la actitud de estos cobardes, que mientras un hombre se juega la vida ante un toro, ellos vociferan estupideces.

Roca Rey ha consolidado en Madrid su condición de Figura, no hay forma de objetarlo, aunque no se fue sin algún intento de estos “sabios del toreo” de molestar, pero los apabulló la capacidad del peruano.

Emilio de Justo, Paco Ureña, Román, Luis David, Juan Leal, David de Miranda, López Simón, Perera, han brillado pese al 7.

El toreo es tan duro, tan intenso, que algunos toreros sufren por la vida al contener tanto sentimiento y tanta sensibilidad, y de vez en vez muestran su lado humano. Antonio Ferrera, hace apenas un par de semanas, sufrió como hombre; al hombre el torero lo sacó de la crisis, y el toro es tan noble que le puso en suerte a “Bonito”, un gran astado de Zalduendo, ganadería española de la familia Bailléres, con el que soñó el toreo. El juez de plaza —o presidente, como allá le llaman— cobardemente no otorgó dos orejas, creo que por ser el primer toro de la tarde, un acto vil ante tanta heroicidad y bravura.

Queda mucho Madrid, estaremos muy al pendiente y deseamos que el 7 se quede en casa.

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Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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