Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Sevilla tiene un nuevo torero, no me refiero a que alguien ahí nacido haya tomado la alternativa recientemente, sino en el sentido más profundo del “tiene” es que en Pablo Aguado la tauromaquia universal posee un torero de los llamados “torero de toreros”, un “clásico”, uno de esos artistas atemporales con la naturalidad torera que no se aprende en ninguna escuela taurina, con la que se nace y fluye por las venas.

No sé si Pablo Aguado se vaya a convertir en figura del toreo, si sea quien mande en un futuro en los despachos, eso es muy difícil, se requieren muchos factores internos y externos, que se alineen las estrellas, y muchas cosas más.

Lo que ya es una realidad es que este hombre posee la elegancia natural de ser torero; su proporción física, su andar y su manera de concebir la interpretación del arte de torear lo colocan en un sitio donde pocos caben.

Habrá toreros taquilleros, valientes, artistas, populares y carismáticos, pero en cada época la tauromaquia nos regala un clásico, un referente para mantenernos enterados y recordarnos que el toreo se basa en unas formas y maneras que no caducan con modas ni con estilos.

Si bien las figuras mandan y los grandes maestros se mantienen décadas en la cumbre, estos toreros a los que me refiero como “clásicos” se convierten en un artículo de lujo para los aficionados, incluso para las mismas figuras y maestros.

No siempre las complejas estructuras taurinas del momento captan, valoran y aprovechan a estos toreros. El público —quien se supone debería ser escuchado y regular la fiesta— se queda con las ganas de verles en todas las ferias, en carteles rematados y con toros provenientes de ganaderías que pasen por buen momento.

Quien debe de mandar en la fiesta es aquel torero que lleva más gente a los tendidos, esa es regla de oro. Ahora bien, las estructuras taurinas deben trabajar con la oferta de toreros que en su momento está disponible, y darle su lugar a cada uno dentro de los elencos feriales o de temporada.

Sin haberlo visto en vivo —no he tenido la suerte y el privilegio—, me han bastado dos actuaciones de Pablo por televisión. El año pasado dentro de la Feria de Sevilla, único contrato para él en ese momento, Pablo dio muestra de su concepto ante su gente. Hacer el paseíllo en la Real Maestranza de Caballería significa desnudar el alma torera ante una de las aficiones más exigentes del mundo, exigente no por lo que gritan —no hablan durante la lidia—, sino porque ahí en el empedrado tendido maestrante, a los toreros se les mide con la vara del conocimiento, dado su amplio bagaje del toro, lo cual permite juzgar con sensatez la actuación del torero.

Aquella tarde abrileña, una sola oreja cortó por culpa de la espada, pero fue suficiente para ponerse en boca de los buenos aficionados a nivel mundial. Tras su actuación, firmó cinco contratos más en 2018, cerrando el año en Madrid, sustituyendo al heroico Paco Ureña. Volvió a convencer y 2019 le pinta mejor en cuanto a contratos.

Comenzó su temporada el pasado 13 de marzo en la Feria de Fallas, en Valencia, primera cita en plaza de primera, para el selecto grupo de toreros que conforman el gran circo. De nuevo le bastó que un toro con ciertas condiciones para embestir le permitiera mostrarse y convencer una vez más de que en su concepto se basa el pasado, el presente y el futuro del toreo. La naturalidad sea quizá su mayor atributo, y con ella las formas tan clásicas y sevillanas de sentir, para luego interpretar el toreo.

Deseo que tenga una gran temporada, que le embistan y le respeten los toros. Tiene valor del que no se muestra, pero que está ahí para permitir crear la emoción única e irrepetible del toreo bien hecho.

También deseo que las cosas le vayan lo suficientemente bien para que decida hacer temporada invernal en México y gocemos de su concepto.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.