El futbol mexicano ha vivido, durante décadas, en un estado de esquizofrenia competitiva. Por un lado, una selección nacional y una liga profesional que generan miles de millones de dólares en ingresos y pasiones; por el otro, un futbol base que sobrevive en la informalidad, el descuido metodológico y el asfixiante control político de asociaciones estatales que funcionan como cotos de poder. Sin embargo, los días 25 y 26 de febrero de 2026, el 2º Congreso de Futbol Formativo en Querétaro intentó trazar, por primera vez en un cuarto de siglo, un mapa de navegación que pretende rescatar al futbolista mexicano desde su raíz.

El diagnóstico: un gigante dormido

El congreso no inició con la autocomplacencia habitual de las instituciones deportivas, sino con un diagnóstico crudo. Bajo la dirección de Ivar Sisniega, Presidente Ejecutivo de la FMF, se admitió implícitamente que México no tiene un problema de falta de materia prima —con millones de niños pateando un balón en cada rincón del país— sino de un sistema que no sabe qué hacer con ellos.

Lo que distinguió a este evento fue el nivel de involucramiento de la alta cúpula federativa. Ver a Sisniega no solo inaugurando, sino interviniendo activamente en las ponencias, marca un hito. Desde la época y el impulso de Leaño con el modelo “Futbol 2000”, no se veía a un federativo con tal interés personal en la construcción de una metodología de formación como parte de su legado. Acompañando esta visión, destacó la figura de José Vázquez, presidente de la Liga Premier, quien busca respuestas a la problemática en las categorías de ascenso, subrayando que la formación no es un evento, sino un proceso que requiere una estructura de competencia sólida.

El espejismo europeo y el desdén por lo local

Uno de los pilares del congreso fue la participación de expertos de la FIFA, la UEFA y ponentes de modelos exitosos como el español y el belga. Se compartieron métricas de primer mundo, pero aquí surgió una de las críticas más agudas de los conocedores del entorno nacional: el persistente “malinchismo metodológico”. Por desconocimiento u omisión, se percibió un desdén hacia los casos de éxito netamente mexicanos que han funcionado a pesar del sistema. Las selecciones olímpicas del 72 y 76, los campeones del mundo sub 17, el oro olímpico, por citar algunos. Se busca afuera lo que en México sobra, “ojos” clínicos que conocen el llano, entrenadores con amplio conocimiento y experiencia en este terreno, pero no fueron tomados en cuenta y hoy carecen de voz en la nueva estructura. Además de otros modelos en el mundo del futbol.

Aunque su propuesta técnica es impecable en el pizarrón, algunas de estas iniciativas se han intentado en el pasado, encontrando resistencias que han impedido su desarrollo, o bien con el cambio de directivos es borrón y cuenta nueva, desechando todo lo realizado anteriormente, por la falta de continuidad de proyectos de largo aliento.

Aplaudimos este tipo de intenciones, pero requieran de mayor fuerza para superar las resistencias a los cambios propuestos.

Por lo que se infiere que la curva de aprendizaje será lenta y en el futbol los tiempos son vitales, mientras el talento sigue perdiéndose.

La trampa de la escala

Quizás el momento más revelador del congreso fue la intervención del ponente de Bélgica, quien confesó que en su país tardaron tres años solo en convencer a los entrenadores para alinearse al proyecto nacional. Aquí es donde la “nueva ruta” mexicana choca de frente con la realidad aritmética. Bélgica tiene 11 millones de habitantes y una superficie menor a la del estado de Puebla; México tiene 130 millones de personas y una extensión territorial 64 veces mayor.

Si un país con la población de una zona metropolitana mexicana tardó tres años en lograr un consenso básico, ¿cuánto tiempo le tomará a la FMF instrumentar este cambio en un territorio tan vasto y diverso? La escala no es solo un reto geográfico, es una barrera temporal que el proyecto no parece haber dimensionado con realismo. Sin instrumentos de certeza que aceleren la ejecución, el plan corre el riesgo de ser rebasado por la inercia del fracaso antes de dar su primer fruto.

La muralla del sector amateur: el cacicazgo inmóvil

El éxito de cualquier metodología depende de su capacidad para llegar a la cancha, y es ahí donde aparece el mayor obstáculo: el sector amateur. Este organismo y sus asociaciones estatales representan hoy el “embudo” del futbol nacional. Funcionan bajo una lógica de recaudación y control político-clientelar. Los presidentes de asociación, muchos de ellos enquistados en el cargo por décadas, mantienen su poder mediante un sistema de votos cautivos de ligas pequeñas, con excepciones mínimas.

Para estos líderes, afiliar a la totalidad de las ligas no es negocio ni prioridad. Prefieren un padrón reducido y controlable que les garantice la reelección permanente. El club de barrio, ese “héroe anónimo” que sostiene la pirámide, se ve obligado a pagar registros y cuotas elevadas a cambio de nada; no recibe material, ni seguros médicos reales, ni capacitación gratuita. La afiliación hoy es un impuesto al sueño, un gasto innecesario que impacta los ingresos de quienes ven en el futbol base su única fuente de sustento. Mientras la FMF no logre articular estas aduanas políticas, la “nueva ruta” será un mensaje que se pierda en el camino.

El 2.º Congreso de Futbol Formativo es un paso valiente y necesario. La voluntad política de Ivar Sisniega y el conocimiento operativo de José Vázquez son la piedra angular que podría cambiar la historia. Sin embargo, el proyecto carece aún de instrumentos que den certeza frente a las resistencias al cambio.

México no necesita más espejos europeos que reflejen realidades ajenas; necesita herramientas que potencien su propia idiosincrasia y geografía del talento. La FMF debe transitar hacia una digitalización radical que permita al club de barrio y al entrenador independiente afiliarse directamente, eliminando el intermediarismo de las asociaciones estatales. Erradicar la corrupción que campea en el medio, aprovechándose de los padres, lucran con la ilusión del joven aspirante a fuerzas básicas, tal como lo denunció publica y valientemente Rafa Márquez. Si el sistema de visorías sigue ignorando el conocimiento local en favor de consultores externos, sin tropicalizar metodologías y con la ausencia de los pocos expertos nacionales, y si el sector amateur sigue siendo un coto de poder intocable, esta “nueva ruta” terminará como el plan de 1999, una excelente idea que murió al irse el patriarca, tomado directrices sin control de calidad terminaron hundidos y alejados de la realidad, incluso abriendo ventanas a los malos manejos.

Se tuvo la oportunidad de crecer, modernizarse, pero prefirieron pasar inadvertidos para disfrutar de su pequeño espacio de poder. La propuesta al nuevo modelo del futbol mexicano es un buen comienzo, falta instrumentar acciones que den certeza a los cambios.

El diagnóstico del futbol nacional no es solamente metodológico, es estructural, deberá incluir otras aristas que no han sido detectadas para alinearse en la ruta de los nuevos tiempos.

El talento sigue ahí, en la calle y en el llano, esperando que la oficina finalmente aprenda a hablar su idioma y tocar el balón de primera.

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