AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Hay más mundos posibles, e incluso mejores, solo hay que soñarlos, se dijo primero de niño curioso Benito Antonio Martínez Ocasio (31) y, siendo muy joven, después emprendió la carrera al estrellato, estableciendo un estilo y gritando: “se trata de creer que podemos crear el futuro que queremos ver”. En ese proyecto de vida, en cada paso vio que la ansiedad mueve sentimentalismos de impotencia, pasión, trabajo en equipo y decirle no al silencio de la angustia.

El domingo, ese chico Bad Bunny, se lució en el Levi’s Stadium (71 mil personas), pero con un auditorio de 135 millones por la TV mundial. Fue como tener presente ahí mismo al gran Gustavo Adolfo Becker (1836-1870), el poeta y narrador español, cuyas frases y pensamientos son eternos. El dijo: “El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con esa mirada”.

Cada cual tiene su opinión y los chicos le tienen una idolatría legítima. Tal vez no sea el gran cantante (a veces como que charla y balbucea), y haga lo que haga, parece nunca tener suficiente. Halaga el sentimiento popular de América mediante la expresión de un estilo diferente. Puede no gustar a los viejos, pero su onda de libertad se infiltró en el espíritu, en cada calle, en cada casa, emitiendo sus ideas en español y desafiando al imperio del César Trump.

En el terreno, el gran Sam Darnold, un QB sin tanto rollo, fue la fuente de constante actividad y contó con Ken Walker III, una especie de ratón eléctrico que, de una sola pincelada, logró cambiar quien era por lo que quería ser, y terminó como MVP con unos Seahawks emparentados con Frenkenstein, vestidos de negro, en presagio de la liquidación de sus propios demonios: 29-13.

Todo mundo esperaba más de Patriotas y de su QB Drake Maye, que no es Tom Brady, ni posee aromas de encanto y destreza como Joe Montana, Johnny Unitas, John Elway, Dan Marino, Terry Bradshaw, Peyton Manning o Roger Staubach. Esos eran artistas maravillosos, que iban contra realidades incómodas con el bisturí afilado, en lugares soleados solo para esa gente sombría.

Seguramente, por alguna ventana del cielo se asomó Levi Strauss (1829-1902), que vino de Alemania a Nueva York a los 18 años para trabajar con sus hermanos Louis y Jonas. Después se fue a San Francisco en la llamada “Fiebre del Oro”, y confeccionaba mantas, pañuelos, cobijas, sábanas, hasta que acertó haciendo pantalones de mezclilla, que al principio se rompían pronto en el trabajo en minas. Su socio, Jacob W. Davis, le aconsejó poner remaches y botones de metal, lo que dio el éxito. Nunca se casó. Dejó su herencia a la sobrina (Elise Fany). Creó la industria de más producción y venta en la historia. Todo mundo tiene jeans. Su descendencia actual compró los derechos del nombre para poner el de Levi’s al gran coso. El hombre vio el sitio atestado y visto por el mundo.

Triunfó Seattle en un partido que no pareció un SB, sino otro común. Quien ganó fue Bad Bunny, que vendió su idea de la América toda unida contra el despotismo y la historia, que es una pesadilla de la cual intentamos despertarnos. Después de un viernes de bochorno y vergüenza, con cinco puñaladas sobre una defensiva de papel, cerrar con Nicolás Maquiavelo (1469-1527) con una frase modelo: “Quien controla el miedo de la gente, se convierte en el amo de sus almas”.

X (Antes Twitter): @Tovar1TV