LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

El vino ha acompañado al hombre desde el inicio de las civilizaciones. Testimonios en el antiguo Egipto, la veneración de los griegos al dios Dionisio y de los romanos a Baco colocan este elixir como una bebida para la celebración, incluso, con tintes sagrados como el primer milagro de Jesucristo en las bodas de Caná o la transformación del vino en su sangre durante la última cena.

Curiosamente no en cualquier parte del mundo se puede cosechar la vid con éxito y transformarla en un buen vino. Existe una clara franja en la Tierra donde las condiciones son óptimas y el producto fabuloso.

Lo mismo sucede con la tauromaquia, son solamente 8 países los que tienen el privilegio de ser taurinos, sin embargo, la difusión de esta cultura maravilla más allá de las fronteras donde la fiesta brava es apreciada y valorada en países que no la practican.

Podríamos pensar que la variedad de uvas, el terroir de cada región vitivinícola, las añadas y los distintos procesos que conforman el mundo del vino son, lo que en tauromaquia suponen la diversidad de encastes, las distintas expresiones y sentir de los toreros, no sólo por países sino por regiones y la rica variedad en la que los públicos se comportan y viven una tarde de toros.

Dentro de estos dos mundos con tantas similitudes, existen argumentos que dejan claro y ponen a todo el mundo de acuerdo. Lo bueno es tan bueno que no necesita mayores calificativos, muchas veces utilizados para tapar defectos o intentar acrecentar virtudes. El ser humano con un mínimo de sensibilidad aprecia a los toreros que comen aparte, así como los vinos que reúnen las características que igualan paladares, no necesitan adjetivos como terroso, tostado o hueco. Cuando un vino es bueno, así como el toreo cuando se ejecuta bajo las normas clásicas, se puede ser experto o neófito en ambas materias que el placer en el paladar o la emoción en el alma son similares para conocedores y primerizos.

Los grandes toreros son como las grandes añadas, con el tiempo siguen madurando y evolucionando al clasicismo.

Vivimos una época de grandísimos toreros, existen más de diez nombres que son un lujo cultural y artístico. Lo mismo pasa con la manera de embestir de muchos toros de distintos encastes. Estamos gozando de una época gloriosa en tauromaquia. Empañada nada más por la mezquindad de algunos políticos y sectores de la sociedad que al no vivir ni comprender esta pasión, intentan acabar con ella.

Me centraré en un torero de toreros. Un hombre cuyos valores dentro y fuera del ruedo lo hacen aún más admirable. Para colmo ha nacido en la Rioja, tierra bendecida por Dios para crear un vino superior. Me refiero al maestro Diego Urdiales.

Los anales de la tauromaquia están cimentados con artistas que aparecen en tiempos precisos. Diego Urdiales está marcando una época de buen toreo. De volver a los principios éticos y épicos del toreo para que nuevas generaciones puedan de primera mano apreciar y gozar de la pureza de un sentir frente a un toro. Además de que su administración es fiel a los principios de respeto y valoración del artista.

Que la manera de torear, vestir, andar y de ser del maestro Urdiales sirva como ejemplo para toreros, ganaderos y aficionados.

Respeta la Fiesta en sus formas, respeta al toro en sus tiempos. Esto último es la máxima para honrar la bravura. En su tauromaquia no existe la prisa, existe la valoración del tiempo, como en el vino. Al inicio de una serie ya sea de lances o muletazos, los tiempos son fundamentales para la armonía de su toreo.

La virtud del tiempo en el toreo y la virtud de los tiempos al torear, que no es lo mismo, hacen de la tauromaquia del maestro Diego Urdiales, un ejemplo único y atemporal para disfrutar de su toreo como lo que es: un Gran Reserva.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.