LA FIESTA ESTÁ VIVA

Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Sevilla es tan bella que en su primera capa embelese a quien la descubre. Hombres y mujeres del mundo quedan hipnotizados por sus inmaculadas fachadas blancas rematadas con el ocre albero que al contacto del azul purísima que se dibuja en el cielo, se convierte en lujo para los sentidos al olor de sus naranjos y azahares.

La Catedral hace sentir la presencia de Dios sea cual sea la creencia de quien la mira. Su Giralda orgullosa se levanta para vigilar que todo en Sevilla tenga el temple de su esencia. El solo vistazo dentro de un patio en Triana regala paz al alma para seguir andando. La plaza de España inunda de grandeza lo que fue un imperio y hoy es una potencia, que no necesita lanzas ni guerras para erguirse como una cultura respetable y admirable.

El Real Alcázar es, desde mi punto de vista, uno de los lugares más bellos del mundo, esencia de dos culturas fusionadas hace más de mil años, donde la presencia por ocho siglos del pueblo árabe es huella indeleble, embelleciendo este rincón del mundo que presume su pasado honrándolo con gracia y orgullo de sultanes y andaluces.

Pero detrás de esa primera capa sevillana que asombra al mundo, se encuentra la esencia de Sevilla, el verdadero sentir de un pueblo que por generaciones ha cimentado en la sensibilidad su manera de amar, de llorar, de gozar y de sufrir. Del cante desgarrado, del sufrimiento en la fragua hasta la alegría de los cuatro tiempos de una sevillana que de fondo inunda con su ritmo los sonidos de abril.

Hoy la tauromaquia se entiende sin palabras desde Sevilla. Cuna de un genio atemporal como Morante de la Puebla. Leyendas como Curro Romero, espejos de toreros como Pepín Martín Vázquez y embajadores del sentir sevillano como Pepe Luis Vázquez. Hoy el mundo del toro se asimila a través de Sevilla en las manos y muñecas de un trianero que, como costalero hermano de alguna cofradía, esperó su turno para meterse debajo de un paso procesional en Semana Santa para ahí sufrir y gozar, vivir y llorar al compás del alma y los tambores. La experiencia de visitar a la Virgen de la Macarena y dejar correr lágrimas por las mejillas, sin saber por qué, sintiendo el cariño y la ternura de una madre. Así es Sevilla.

El trianero es Juan Ortega. Hombre que trae de cabeza al aficionado y al público porque nos hace sentir emociones que no podemos explicar, que van más allá de la primera capa del toreo.

A Sevilla hay que mirarla y sentirla atravesando la primera capa visual que de suya es gloriosa. Hay que tomarse una caña en cualquier barra y observar, escuchar mucho y hablar poco. Captar por medio de los sentidos su gastronomía, sus olores, sus parques, sus fuentes, sus niños y sus viejos. En estos tiempos de una sociedad acelerada hacia ningún lugar, en Sevilla existe otro ritmo en el andar por la calle, en el charlar, en el ser del Betis o del Sevilla, de Aguado o de Ortega.

Pepe Luis Vargas, de Écija, Sevilla, fue un torero excelso, representante de la escuela sevillana que el sistema de su época asfixió por su habitual miopía. Es el Maestro Pepe Luis uno de los toreros con mayor afición que he tenido el privilegio de conocer y gozar de su amistad, tras el último esfuerzo que hizo por retomar su carrera hace 25 años en México. Pepe Luis vio en Juan Ortega el sueño del toreo, comparten la forma de sentirlo y expresarlo.

Los primeros siete años como matador de Juan Ortega estuvieron bajo el olvido de un sistema que avanzaba por inercia, dañando la esencia del toreo.

Supieron esperar, sufriendo, viendo pasar ferias y toros a los que les cortaban las orejas sin esencia ni sentimiento. Como al costalero le llega el día, al Juan de Pepe Luis le llegó en una corrida televisada en la pandemia. Donde las figuras no se echaron al hombro la tauromaquia, salvo Morante. En esa tarde de toros por televisión irrumpió la suavidad del toreo de Ortega. Los vuelos de su capote capturan la embestida del toro como la cola de un vestido de faralaes abraza en el baile por sevillanas a la pareja que acompaña.

No es necesario explicar su toreo, como no es necesario explicar la belleza de una cúpula en el Alcázar. Solo hay que dejarse llevar, que el olé sea una alabanza al Dios que nos permite gozar de la belleza que otros crean.

A Juan le premió Dios con el don de la despaciosidad ante la bravura, la enaltece y la respeta, le ha entregado su alma y juntos alimentan la nuestra.

Que siga Juan deteniendo el tiempo, representando la capa debajo de la piel de Sevilla, que los toros le embistan y le respeten. El toreo lo necesita.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.