AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

Juan Manuel Serrat (Barcelona 1943) estaba exiliado en México para el Mundial del 70 y ocultaba su pasión por el futbol, debajo de su espesa melena hasta los hombros y lustraba sus botines de tacón alto, que le daban centímetros a su escasa figura catalana y se dejaba caer todas las tardes por la FMF en Abraham González 37 para ver a María Gracia, una edecán por la que suspiraban todos los visitantes de la casona, junto con el apasionado seguidor del Barsa.

En ese mundo reporteril, gustaba más de charlar con los jóvenes provincianos. Tenía las patillas largas y la mirada color marrón, los dientes impecables como el teclado del piano de Eddie Duchin (1909-1951) y el gesto dominante del catalán clásico en la plática, accionando y repartiendo emociones con anécdotas del Barcelona de los 50 con Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón.

Desde entonces a hoy, pasaron ya casi cincuenta años y vivimos para contar que conocimos al Brasil campeón en un día como éstos en el Azteca rebosante. Por ahí andaba Serrat y su banda y este reportero por La Opinión y la designación de Don Alfredo Duclaud (f) con el agradecimiento eterno porque vimos a Pelé, Clodoaldo, Rivelino, Jairzinho, Gerson, Piazza, Tostao, Carlos Alberto, Brito, Félix, magos de la pelota que dejaron huella eterna en una final de película sobre Italia.

A media semana los italianos hicieron un partido de leyenda (4-3 a Alemania), con Beckenbauer con su brazo en cabestrillo, con Maier sufriendo por la zurda de Gigi Riva y el oportunismo de Gianni Rivera, con Rosato chocando con Gerd Muller y Uwe Seeler, con De Sisti acarreando la pelota a Bonisegna, a pesar de la dura marca de Overath con golazos que aún perduran en la mente. Es como resbalarse en el tiempo, éramos felices, los reyes del mambo.

De vuelta a España, Serrat se encerró en un hotel de Calella de Calafrugell, un pueblo de pescadores donde solo era un turista más a los ojos cansados de la gente, borracha de sol y de mar. Como la vida reparte besos y bofetadas, con guitarra, casette y paciencia, el hombre fue escribiendo su álbum “Mediterráneo” que es como un pago del precio de caminar por el alambre.

Es claro que los poetas le contagiaron a Serrat, con el melancólico viento de la Costa Brava una riqueza espiritual y él mismo descubrió que en su mundo, hasta el revoloteo de las palomas puede sonar a una alarma. Pero si los orígenes vinieron de Antonio Machado (1875-1939) “Caminante no hay camino, se hace camino al andar” en “Mediterráneo” dominó por fin su estado emocional variable y ya el futbol había colaborado con acelerar sus instintos en cada gol del Barcelona.

Hoy inmersos en pandemia, calentamiento global, sequía, desigualdad, racismo, desempleo, quien se refugia en la apatía, se muere. Debemos bañarnos de futbol y de poesía, que eso no cuesta y es rentable para el corazón. Es talento descriptivo y vital, es una forma de entender la belleza y cuando uno es pobre, carece de prisa. Seamos uno más como Serrat que creyó en la prosa de Miguel Hernández (1910-1942) “Tristes hombres, si no mueren de amores”.

Correo electrónico: arcadiotm@hotmail.com