AL LARGUERO

Por: Alejandro Tovar Medina

Articulista invitado

El mundo actual, en su desencanto de virtudes, exige sacrificios humanos y estos se dan en todas las ramas, físicos, reales y ficticios o imaginados. Algunos, como remedio de la confinación que atrofia, hacen viajar al pensamiento y de cierta forma atrapan sueños errantes, como las del escritor que enmascara sus propias historias, porque está visto que no todo es valle de incertidumbre y angustia, también hay maneras de escaparle con maniobras de distracción.

Uno de esos caminos está en el futbol, porque está a la mano y hay tantos ejemplos que los jugadores y se corre ese riesgo con deleite, pueden salirse da la pantalla, invadir la sala y romper toda la cristalería o beberse el vino tinto y regresar al juego. Ellos son como fantasmas que buscarán su propio cuerpo en esa lucha bajo el sol, con el cielo como un espejo que los contempla.

En el futbol se aprende a mirar a nuestra propia sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más. Este juego, es un fuego abrasador, que tiende a convertir las ideas y hasta los sentimientos, incluso el mismo arte, el amor maltrecho, la amistad y claro, las personas mismas en objetos de consumo. El futbol parece una democracia sin libertad, que destila en despotismo.

Con la pandemia y el confinamiento, aprendimos a mirar de frente a la muerte, con el futbol corremos el riesgo de tener un número, una placa, una credencial que nos identifique como parte de un negocio mundial, de una industria, donde cada cual cumple un rol. Los dirigentes mueven la ruleta millonaria, los jugadores solo son actores del show. Los medios lo cubren todo y la gente, solo mira, porque como somos sensibles e ilusionados, nos unimos al espectro del gran consumo.

Un libro de memorias no afina facultades literarias, sino que muestra desnudez del alma, por ello lo más recomendable en tiempos de tedio, es tomar la lectura como una fábrica de sueños, ella nos permite viajar por el mundo y conocer de todo, mejorar el vocabulario, aprender adjetivos, dotarse de elementos para la improvisación y sobre todo, dominar todos los temas, lo que de alguna forma da la oportunidad de ser líder en su actividad y en su propio entorno.

Esa lectura te hace conocer que éstos son tiempos salvajes definidos por la codicia y la desigualdad, que además de ello provienen la envidia, la maldad, la mala fe y en las canchas eso se representa en forma constante. El fin de semana el ídolo Messi, figura mítica del Barcelona, que está destinado a ser una leyenda absoluta del futbol, casi se ve obligado a dejarlo por lesión.

En su carrera al título ganó al Villarreal 1-2 pero todos vimos cuando el brioso lateral izquierdo amarillo Manu Trigueros (29) un jugador opaco planchó sin misericordia el pie izquierdo millonario y mágico del astro argentino. Casi lo rompe. Fue expulsado de inmediato. Luego, en un afán no se sabe si de cinismo o rencor, apuntó en sus redes sociales: “orgulloso del equipo y del trabajo”.

No se trata de un “llegar tarde” como ahora se dice para ocultar culpas, sino de violencia absoluta.

Ahí pudo la industria del juego ver perdido a uno de sus puntales en la máquina de consumo, porque Messi está en el salón de los grandes. Cuando cayó fulminado fue una artista, un animal que se vio herido y los millones de espectadores en el mundo se sintieron desfallecer y luego respiraron, quizá porque recomenzar fue como sentirnos parte de un todo hermanado. 

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