Por: Rafael Cué*

Articulista invitado

Además de paz en el mundo, salud para todos, trabajo y que México tome un rumbo correcto hacia el crecimiento como sociedad y país, me voy a centrar en mis deseos para el mundo del toro.

Vivimos tiempos complejos, socialmente hablando. Los gobiernos de todo el mundo, lejos de trabajar en busca de un bien común —aunque lo juren y perjuren—, al llegar al poder se marean con la posibilidad de imponer su doctrina, lo cual obedece al gusto de una parte de la sociedad, mientras que la otra no se encuentra conforme ni satisfecha.

Una plaza de toros es el reflejo (en una menor escala) de la sociedad. La división de los tendidos marca (sobre todo en antaño) la clara división social de otra época. Existe un juez de plaza que se supone está para llevar a buen puerto y en orden el festejo. El pueblo (público) se puede manifestar por momentos, y en otros debe mantener el respeto y prestar atención a lo que sucede en el ruedo.

Concretamente en México, es de todos sabido que ha llegado a las Cámaras, tanto de diputados como de senadores, gente sin vocación de servicio público, sin capacidad ni preparación política para servir a una sociedad dividida social y económicamente, la cual corre el peligro inminente de sufrir las consecuencias de decisiones tomadas sin el análisis serio y profundo que merece la responsabilidad de legislar.

¿Qué contrapesos tenemos como sociedad para responder a los ataques y la ineptitud de muchos —no todos, pues hay gente valiosa, respetuosa y pensante— de los diputados y senadores?

Los aficionados a los toros, profesionales y público en general, tenemos la mejor forma de defendernos y demostrar lo que vale esta tradición de casi cinco siglos, de una manera muy sencilla: haciendo las cosas no sólo bien, sino lo mejor posible.

Los ganaderos, honrando sus hierros, respetando al toro. Saldrán buenos y malos, bravos y mansos, pero al toro cuando se le envíe a una plaza, el ganadero debe tener la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido, honrando al animal que nos despierta la ilusión por mantener esta maravillosa cultura.

Los toreros, buscar en cada tarde la épica para lograr que el aficionado y el público puedan sentir y emocionarse al punto de la loca admiración por su toreo. Por el simple hecho de enfundarse el traje de luces, ya para nosotros los mortales, son verdaderos héroes que merecen todo nuestro respeto y admiración. Creadores de emociones únicas, que ningún otro espectáculo en el mundo es capaz de producir; la representación más real y auténtica de la vida misma, donde la muerte es una constante, y donde sin embargo se puede alcanzar la gloria sólo con sacrificio, valor, dedicación y absoluta pasión por su vocación. Sin esto, no encuentro razón para vivir.

Los jueces, respetando el reglamento, respetando al toro y el peso específico que tiene la tauromaquia como cultura.

Los periodistas, con máxima honestidad al expresar su verdad, y digo “su verdad”, porque en el toreo hay muchas interpretaciones de ese concepto. La verdad del momento en el que salta un toro al ruedo y un hombre cruza la barrera para pisar la arena y llegar al astado en la búsqueda de dominarlo, con el único objetivo de crear arte.

Respecto al aficionado, aquí aglomero a los estudiosos, los apasionados, los ultras y el público que asiste eventualmente a un festejo o incluso va por primera vez a la plaza, estos últimos son los más interesantes, porque están vírgenes en la capacidad de emocionarse dentro de una plaza de toros, y eso les potencializa la posibilidad de lograr el éxtasis que provoca el toreo; aunque me preocupan más los otros, los ultras, los que con el único afán de demostrar su “gran conocimiento”, descalifican todo, al toro no lo ven toro, al torero no le respetan, a la prensa no le creen y se sienten robados por todas las empresas. Argumentarán que “la burra no era arisca, la hicieron”, y les doy la razón en algunos casos. Lo único que les deseo y espero el Niño Jesús se los traiga en casa y en el alma, es que les devuelva la capacidad de emocionarse, incluso con toreros que no sean de su gusto, que los respeten y admiren, así como a los ganaderos, y eso sí, que cuando las cosas no se hagan bien, exijan en la plaza, con boleto en mano, y hagan sentir el peso de su verdadera importancia. El público manda, pero no desde casa ni en redes sociales, manda en la plaza.

Para englobar lo antes descrito: deseo que vuelva la verdadera pasión a las plazas, de esta forma todos ganamos y la fiesta seguirá fortaleciéndose. Que para 2019 tengamos como uno de nuestros propósitos no dejar de asistir a las plazas de toros, así es como mantendremos esta cultura por muchos siglos más.

Twitter: @rafaelcue

*Artículo escrito para el diario El Financiero, reproducido por voluntad del autor en Intelisport.

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